En el debate sobre cómo construir ciudades más habitables, casi siempre dirigimos la mirada hacia las autoridades. Exigimos mejores parques, más áreas verdes y políticas ambientales, pero pasamos por alto el hecho de que somos los propios ciudadanos quienes mantenemos una relación distante y hasta dañina con las áreas verdes.
Una ciudad no se vuelve verde únicamente porque una municipalidad plante árboles. Se vuelve verde cuando sus habitantes desarrollan una cultura de cuidado de lo verde. Si el ciudadano considera el árbol un estorbo, barre la tierra de un jardín para dejar cemento, poda sin criterio (“mocha”), corta porque “ensucia”, o permite que una planta muera porque nadie la riega, difícilmente una política pública por sí sola va a transformar la ciudad.
Por otro lado, hay mucho desconocimiento. En general, ¿sabemos qué especies son adecuadas para Lima? ¿Sabemos lo que necesita realmente un árbol, cómo cuidarlo, cuándo podarlo y cuándo no hacerlo? ¿Cuántos de nosotros entendemos que un área verde no es simplemente “un lugar donde hay pasto”?
A fin de cuentas, la política también responde a lo que la sociedad valora y demanda. Si cuidar árboles y crear espacios verdes se convierte en una preocupación cotidiana de miles de ciudadanos, será mucho más difícil para cualquier autoridad tratarlo como un asunto decorativo.
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